La abuela Mariana

En el pueblo de San Francisco, Campeche se suscitaron innumerables historias que sorprendieron a la población, sobre todo en aquel periodo posterior a la Conquista donde empezaron a producirse muchos episodios inéditos en la región.

Los nativos tenían la firme creencia que todo lo malo que les sucedía, derivaba de la mezcla de razas; y aún décadas después de la llegada de los españoles, y con nuevas estirpes, se hablaba sobre diversas maldiciones de las que eran objeto.

Doña Mariana era una anciana que habitaba en este pueblo, todos sus hijos habían muerto luego de una terrible epidemia que azotó la ciudad. Por si fuera poco, el mal tiempo predominaba en la región, por lo que se sufría de escases de alimentos.

Afortunadamente, la abuela Mariana no se encontraba completamente sola, a la enfermedad había sobrevivido su nieto, un joven de piel morena que por necesidad y debido a la precaria situación por la que atravesaban, tuvo que dedicarse a la pesca. A la anciana no le agradaba mucho la idea, sin embargo no había manera de proveerse de alimentos, pues el comercio había quedado muy dañado y las autoridades no permitían todavía la salida o entrada de personas al pueblo.

Los hombres se lanzaron a la mar con la intención de conseguir un poco de alimento y pese al mal tiempo salieron victoriosos. El nieto de la abuela Mariana se distinguió como el mejor pescador y en poco tiempo ya era conocido entre la población de San Francisco.

Todos los días, antes de partir, doña Mariana acompañaba a su amado nieto al muelle, antes de que el barco zarpara, ella lo encomendaba a la Virgen de Guadalupe,  pues el tiempo en altamar era un suplicio para ella. La mayor parte del día se le veía en el templo, arrodillada pidiendo por su pariente y por todos los hombres pescadores.

El mal tiempo no cedía y una tarde, una fuerte tormenta azotó la región, las mujeres atemorizadas se postraron en el muelle, en espera de sus pescadores. Ningún barco se avizoraba y la desesperación invadía a las personas. Doña Mariana fue la última en llegar, pues a su edad, el caminar se le dificultaba un poco; no terminó bien sus oraciones en la iglesia, cuando se dirigió hacía el embarcadero.

Para cuando ella llegó al lugar, algunos hombres habían arribado también, sin embargo, la tristeza se reflejaba en sus rostros. Doña Mariana pensaba que debido al temporal no habían obtenido ningún pescado, pero lo cierto fue que los varones traían consigo el cuerpo de un joven muchacho que había perecido ahogado, al caer del barco durante la tormenta.

La abuela Mariana tenía un mal presentimiento, y eso empezaba a angustiarla, para cuando llegó hasta donde estaban los pescadores con el cuerpo, su presagio se volvía realidad: el joven muerto era su nieto. La anciana lo miró con ternura, sus ojos se llenaron de lágrimas; grande fue su esfuerzo, pues trasladó el cuerpo hasta la iglesia. Lo colocó bajo la imagen de la virgen y ahí lloró inconsolablemente.

Algunos conocidos quisieron ayudarla a cargar el cadáver del joven, pero ella se opuso y gritó que la dejaran sola. Una y otra vez, maldijo la hora en que su nieto se volvió pescador y sobre todo maldijo a las aguas del mar, las culpaba  de arrancarle sin piedad, la vida a su nieto. En la iglesia rezó fervientemente durante más de dos horas, pedía a todos los santos llevarla con su nieto y reunirla también con sus hijos. En sus plegarias mencionaba que ya no tenía motivo para seguir viviendo, pues se había quedado sola en el pueblo.

A la mañana siguiente, el párroco encontró a la abuela Mariana recostada sobre el cuerpo inerte de su nieto; el sacerdote intentó por todos los medios despertaría, sin conseguirlo; para sorpresa de los presentes, la anciana también había muerto. Sus súplicas fueron escuchadas.

Por esta razón, en los días que predomina el mal tiempo, en la iglesia ubicada en el pueblo de San Francisco, se ve a una viejecita, ataviada de negro, arrodillarse ante la imagen de la Virgen de Guadalupe para orar. Cuenta la leyenda que esta mujer es la abuela Mariana, quien eleva sus oraciones por todos los pescadores que se encuentran en altamar y reza a su vez, porque finalice la tempestad.

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