El Yerbatero

En la Villa de San Francisco de Campeche, por aquellos tiempos en que su seguro y tranquilo puerto era un emporio de movimiento y que a diario se veía visitado por buques transatlánticos que arribaban, muchas veces después de cruentas luchas con huracanes y temporales, en busca del codiciado palo de tinte, llamado de Campeche, que constituyó importante fuente de riqueza hasta principios del presente siglo, digo que en esta Villa durante la época posterior al descubrimiento y conquista, como en los agobiantes años coloniales y los primeros de la Independencia Mexicana, se rindió ferviente culto a la superstición, forzosa consecuencia de la ignorancia, y los agoreros, los funestos curanderos que con diversas yerbas preparaban brebajes repugnantes como la zupia, pero a los que se les atribuyen influencias curativas tan poderosas y tan arraigadas en las gentes incultas, que inútil ha sido valerse de la poderosa acción de la ciencia para destruir la magia de los charlatanes, que por desgracia subsisten en nuestros días, prueba evidente de la ineficacia de los progresos de la civilización para arrollar esos vestigios de hechicería de que tanto zumo han sacado los brujos que con marcada hipocresía se han cebado en los incautos.

En esta leyenda, que bien puede llamarse histórica, voy a relatar fielmente un suceso tradicional que nada tuvo de maravilloso en aquel entonces por la rapidez con que se sucedían hechos que en la actualidad asombran y amedrentan.

A fines del tormentoso Siglo XVIII naufragó en el arrecife de los Alacranes, sepulcro de múltiples embarcaciones, una goleta belga llamada La Invencible, cuyo nombre no correspondió a su funesto fin ya que las embravecidas olas la sumergieron fácilmente.

Lo que pudo salvarse del naufragio fue conducido a Campeche, juntamente con los pocos supervivientes. Entre éstos se contaba uno a quien apodaban “El Güero” por su color rubio y el que no quiso regresar a los Países Bajos, de donde era oriundo, como lo habían hecho sus compañeros de infortunio, prefiriendo la tranquilidad habitual de Campeche, radicándose en esta ciudad que se avenía con su mareante afición. Por su aspecto bonachón y su carácter retrído todos juzgaban al “Güero” un macacallos, cuando muy lejos estaba de toda tontera, menos de la del amor, sentimiento terrible que ejerce decisiva influencia en el corazón humano, pues a poco circuló la noticia de que se había enamorado de una guapa muchacha llamada Mercedes Coyoc, que vivía por al Eminencia, lugar histórico, por cuyo rumbo habitaba el personaje de esta leyenda.

Transcurrió el tiempo, sucediéndose acontecimientos diversos, muchos de ellos, espeluznantes, hijos de la lucha de las razas y de las naciones, cuya desmedida ambición iba ensanchando el espinoso camino de la independencia y libertad de los pueblos y de los hombres. Y un día del año de 1798 se divulgó el matrimonio de “El Güero” con mercedes, sabiéndose que el primero había abandonado el saco y los zapatos y vestía como un hijo del pueblo. Entregado a labores agrícolas en el rancho “Caniste”.

Mercedes, mujer rústica, desprovista de la más rudimental cultura, imbuída en las ideas supersticiosas de la abuela y de la madre, las que a todos los males les atribuían causas distintas a su verdadero origen y que en varias yerbas tropicales hallaban la panacea para las enfermedades y que con fe ciega se sometían al artificio de los curanderos y a sus exorcismos; con esas arraigadas supercherías, fue funesta para su esposo, quien atacado súbitamente de la fiebre amarilla, en vez de llamarle a un facultativo para que lo tratara por medio de la ciencia de Hipócrates y de Galeno, fue en busca de Ramoncito, el famoso yerbatero Ramón Ek, cuyos servicios eran solicitados por la gente ignaras que con dificultad se encontraba en su casa, pues siempre andaba de la Ceca a la Meca ejerciendo supernicioso oficio; pero hallado que fue y conducido cerca del enfermo, encontró a este vómito incesante de un color negro; con fiebre alta hasta el delirio y gran nerviosidad. Con toda parsimonia procedió Ramoncito a un minucioso y visible examen y luego extrajo de una bolsa, antro de brujerías, hojas y flores amarillas de ruda, como lo denunciaba su fuerte y desagradable olor, y santiguó con ellas repetidas veces, murmurando entre dientes incomprensibles oraciones, al infortunado enfermo, que había tenido la desgracia de casarse con una ignorante e ir a parar a manos de un yerbatero, que precipitó su muerte, pues cuando con una espina de tun le agujereaba la cabeza al “Güero”, éste ahogado por la fuerza del vómito expiró, exclamando azorado Ramoncito: -No logré sacarle el mal viento y se lo llevó; y Mercedes y todos sus familiares le dieron crédito, cuando debieron denunciar el caso a las autoridades y le fuera aplicado un ejemplar castigo a tan vulgar y tremendo curandero, que por explotar llegan al crimen en sus más supinas repugnancias. Al cadáver del pobre belga se le tributaron los ritos acostumbrados por esas fanáticas gentes, dignas de lástima por que son víctimas de la espantosa obscuridad en que han vivido y viven para escarnio del presente siglo, debiendo procurarse que la poderosa luz de la civilización extinga para siempre esas sombras que han sido antaño y hogaño baldón eterno.

En el velorio de la víctima del apocado Ramoncito, que para su mal vino a caer en las garras de la superstición y del charlatanismo, la inconsolable Mercedes explicaba con lujo de detalles cómo una tía suya había sido atacada en una cueva por el mal viento; la forma en que en distintas ocasiones había sido curada por yerbateros para sacarle ese mal viento, sin dañar a otros, ya que su influencia era terrible; las diversas enfermedades que había padecido atribuyéndoles a todas el mismo origen, que no podía ser curado por médicos por no conocer el mal y no dar crédito a los informes que sobre el particular se dan. Lo curioso es que a la misma causa se atribuyó un dolor de muelas que padeció la ventosa tía, que por su estupidez fue sometida a toda clase de pruebas y brujerías por varios curanderos que acabaron con su vida, habiéndose comprobado después que lo mató a la pobre señora fue una quebradura que se le estranguló, sin que sirvieran para salvarla los santiguadores, brebajes y demás brujerías.

Con toda intención he huroneado de mis papeles viejos que guardo como oro en polvo, este sucedido, con la esperanza de que tan elocuente ejemplo redima a esa pobre gente que aún son víctimas de estas supercherías, que tantos males originan y dan gran contingente a los cementerios, pues enfermedades de carácter benigno, de fácil diagnóstico y curación, ellos, los yerbateros, las agravan con sus inicuos procedimientos y atribuyen sus fracasos al mal viento o a otras causas posibles, dignas de hilaridad si no fuera por sus trágicas consecuencias.

Las autoridades son las llamadas a perseguir y castigar severamente a estos charlatanes, cuya terrible y perniciosa plaga debe ser maldita y extinguida para bien de la humanidad y de la civilización.

Perfecto Baranda Mac-Gregor
Campeche a través de sus Leyendas

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