Inexorable, por Alfredo Murillo / Fractales Literarios

Cuando vi el cartel publicitario, noté el establecimiento al final del pasillo en la plaza comercial.
– ¿Cómo puedo sobrevivir a mi edad con un nuevo rostro? – pregunto incrédula a la empleada después de leer el anuncio y entrar.
– Sencillo: con estas maravillosas cremas de nueva generación – responde con gesto jovial mostrando dos tarros.
– ¿Sólo eso?
– Sí, sólo eso – y me sonrió.
Sus ojos me dieron la esperanza de vivir. Soy mujer de ahorros, así que pude cubrir el costo. La realidad del mundo exterior es dura; te aparta, te aplasta o te absorbe si te dejas llevar por su compás y ambición, pero cuando ya tienes 68 años, no hay mucho para elegir. Desde la primera semana aprecié el prodigio de su efecto y me decidí recomenzar desde otro lugar; en un arrebato dejé todo atrás: hijos, nietos, familia, casa, muertos… todo, al final ¿a quién le importa una sesentona como yo? Ahora, no necesitaba más. Inicié… y ya no pude detenerme. Siempre quise más; obtenía lozanía, belleza y con ello fortalecía el ego, pero escondía mi integridad; acepté pagar el precio. Conocí gente, hombres principalmente de quienes degusté mucho su sabor detrás de la personalidad de un colibrí, cubierta de valor y estímulos para agitar almas y seducir cuerpos. Mi rostro logró suficiente juventud, era otra, fui plena y un misterio para los demás. Hoy me vi distinta, me encontré distante a mí misma. Me sorprendió una arruga y descubrí lo más débil de mí. Un dolor fuerte en el pecho me ha hecho quebrar mi postura y me señala: jamás dejaste de caminar en la ruta de la vida. El destino aguarda, la muerte ha entrado por la ventana…ahora.

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