El callejón del pirata

Era Román el muchacho más valiente de la gente de Lorencillo. Se presentó de improviso sobre la cubierta de la goleta capitana, después de una de aquellas incursiones que dejaron aterrorizado al vecindario del puerto y, a punto de ser ahorcado por el cruel jefe, se salvó gracias a la extrema juventud casi niñez, y a la circunstancias de ser conocido del contramaestre, quién salió garante de su audacia y picardía.

Román tenía en la ciudad de San Francisco de Campeche, un nombre ilustre del que había renegado para seguir la senda del crimen. Colmó sus anhelos en aquella memorable noche de combate y de horror en la que, cuchillo en mano, ayudó a los piratas en la tremenda carnicería y se confundió con ellos a la hora de la retirada, ocultándose en la sentina, mientras se levaban anclas y se desplegaba el velamen para aparecer sobre cubierta cuando la hora y el andar de la capitana le hicieran suponer que ya estaba en altamar. Pronto ganó el muchacho el ascenso deseado y en Belice y en Sisal probó con creces de hombría, recibiendo del propio Lorencillo una espada y una pistola como insignias de valor y de mando.

Nada faltaba a Román para su satisfacción morbosa. Las huertas de naranjos en flor que había dejado en Campeche, estaban olvidadas. Las cucañas y los volteaos que jugaba con sus amigos no valían ni con mucho las demoníacas fruiciones que le proporcionaban los incendios, los saqueos y las matanzas. La imagen de aquella virgen morena había brindado sus inocentes hechizos a las miradas perversas del futuro pirata, se había esfumado entre los vapores del alcohol y las prostituciones de todo género en las orgías de la Florida. Los padres mismos de aquel engendro de Satanás se habían borrado de su memoria: el venerable regidor perpetuo de la ciudad que había tenido el honor de recibir letras del rey y la honorable matrona a cuyo paso se descubría todo Campeche, y que tenían sangre de dos capitanes generales y un virrey.

El joven pirata tenía, sin embargo, nostalgias inexplicables, sentía que algo que no era su tierra ni su familia faltaba. Y una tarde descubrió el motivo de sus tristezas cuando sorprendió a un grumete contemplando un pequeño cuadro en que resultaba entre doraduras y nácares EL SANTO CRISTO DE SAN ROMAN. Hasta entonces pudo haberse dado cuenta de porqué al ponerse nombre de guerra, haría adoptado el de la milagrosa imagen. Y desde entonces tuvo la obsesión de visitar el santuario de su barrio nativo, en el que se veneraba al Cristo Negro y que protegía a los marinos, deteniendo oportunamente las furias del Norte y abriendo los brazos amorosos de la sonda de Campeche a los barcos desmantelados o con vías de agua.

No era por supuesto, sentimiento cristiano el que bullía en el ánimo de Román. Era un rencor profundo y una atracción idolátrica lo que existía entre el Cristo omnipotente y el pirata abominable, que veía en aquel crucificado, el único poder capaz de oponerse a sus falacias y a sus maldades. Tres veces había invadido Campeche con la gente de Lorencillo, más los desembarcos que se habían efectuado en Guadalupe y en San Francisco, sin que el barrio protegido por el Cristo Negro sufriera quebrantos. Román se declaró protegido por el Cristo y no vencerlo y el no poder realizar sus designios constituían una tortura para su arrogancia. La ocasión se presentó en el mes de septiembre, en los días que “el jefe” daba de asueto a su gente, para marchar él mismo a las orgías floridanas. Román aparejó el bote que en los desembarcos tenía a su mando y una noche muy obscura, la del 13 de septiembre, solo y sin más armas que un cuchillo de mar, se acercó a la playa de San Román y puso pie en tierra con desafiante ademán de conquistador.

Las circunstancias eran propicias: los buenos sanromaneros habían dado tregua a sus afanes y dormían confiados, esperando las suntuosas fiestas del día siguiente, que se iniciarían con la primera misa cantada, la misa de los marinos que al toque del alba se aplicaría en el Altar Mayor. Una guardia de diez hombres había quedado en el templo, que permanecería abiertota la noche; y en los callejones que comunicaban la calle real con la playa, dormitaban, uno en cada callejón, los guardieros oficiales, encargados de dar la voz de alarma en caso de invasiones. La pesadez de las noches y las muchas libaciones del día anterior y el deseo de estar listo a hora temprana, adormecieron a todos los custodios y permitieron a Román pasar sigilosamente POR EL CALLEJON ESTRECHISIMO que sale a la calle real, frente a la iglesia.

Resueltamente atravesó el pirata el atrio enrejado y penetró al templo por la puerta del costado, dirigiéndose al altar recamado de plata en que ardían sólo dos gruesos cirios ante la milagrosa imagen. La vista del enemigo, del rival, encendió en su cerebro la soberbia y afirmó en sus manos el cuchillo. De un ágil salto llegó hasta la cruz y sus manos crispadas tropezaron el gran clavo de esmeraldas y perlas que sujetaban los sagrados pies; mas, al asirse de las rodillas del crucificado con la mano izquierda, para tomar con la derecha el cuchillo de más que llevaba entre los dientes, y hundirlo en el costado del Cristo, para dejar un recuerdo de su audacia, y de su victoria, sintió que aquellas rodillas temblaban y le hacían perder el equilibrio, sintió un terror hasta entonces nunca sentido, y dejó caer el cuchillo que al chocar contra una de las briseras del altar despertó a los guardianes, quienes se apercibieron a indagar la causa de aquel ruido. Román tuvo tiempo de escapar, antes que los guardianes, vueltos de su sorpresa, tratarán de aprehenderlo. Cruzó rápidamente el atrio y la calle, se entró por el callejón que conduce al mar, y cuando los guardieros, avisados por los de la iglesia, registraron la playa, sólo oyeron el ruido de una potala que se embarcaba y de una vela que se desplegaba a favor del fresco sureste y hacía volar una esquife. Por acuerdo de los organizadores, no se habló del suceso, y las fiestas tuvieron el lucimiento proyectado.

Muchos años después, volvía al solar de sus mayores un hombre vigoroso y de fisonomía seria, quien aseguraba a sus antiguas amistades que, corriendo fortuna, había logrado reunir los muchos doblones que llevaba en el bolsillo y quien, arrepentido de sus culpas, deseaba invertir en mejorar la iglesia de San Román. Tenía aquel hombre algunos caprichos extraños, por lo que no causó ninguna sorpresa el que, el día de la inauguración de las mejoras, se hiciera una procesión del Santo Cristo, que se detuvo frente al callejón estrecho que conduce de la playa a la calle real y que del callejón saliera de rodillas el ilustre donante y ofrendara al Señor de San Román, como “exvoto”, un cuchillo de oro con puño de rubíes y una inscripción que decía: “NADIE PUEDE VENCERTE”.

Pedro F. Rivas
Campeche a través de sus Leyendas

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