El caballero del águila

Lo barrios de Campeche forman una maraña de callejuelas, “puntas de diamante” y encrucijadas sumamente curiosas. Tal parece que aquellos laberintos han sido hechos de propósito para librarse de las invasiones piráticas o al revés, que fueron construidos por piratas para esquivar persecuciones y asegurar impunidades.

Así como la separación entre el centro y los barrios próximos es perfecta e inequívoca, los puntos en que se encuentran los diferentes barrios son imperceptibles, al grado de que solo son sabidos esos límites por los muy conocedores de la ciudad. Entre la multitud de callejuelas de los barrios de Guadalupe y San Francisco y en el lindero exacto de estos barrios y el de Santa Ana surge a la vista del visitante una casona que no por las profanadoras enjalbegaduras modernas, ha perdido del todo el aire colonial que le imprimió su antiguo dueño. Este punto de entrecruzamiento de los tres barrios se llama hoy, entre los buenos campechanos “La esquina del águila”, y tiene en sus alrededores sitios tan pintorescos como la “cueva derrumbada”, enorme caverna prehistórica que perdió su techumbre en los tiempos lejanos, dejando a descubierto sus entrañas; “La esquina de la jimba”, llanura de tierra fértil en que hubo hace más de medio siglo una plantación de bambúes; y más adelante y en pleno barrio de Guadalupe, la famosa esquina de la “Estrella”, encrucijada a que salen seis calles y en la que pierden el rumbo los caminantes desprevenidos.

Don Ramón González de la Peña y Núñez de Calvo avecindado en Campeche en los muy últimos años del siglo XVII y los primeros del XVIII, era un tipo singular. Hacía remontar su ascendencia a los tiempos de la conquista, y blasonaba de que un remoto abuelo había desembarcado con Montejo en la gloriosa mañana del 4 de octubre de 1540; pero los ancianos de la villa sólo recordaban hacerlo conocido cuando era mayor de edad y viudo. Al parecer había llegado de Cuba en un navío de la Real Flota, y había comprado con doblones nuevecitos el terreno en que formó la hermosa quinta y edificó la soberbia casa de la “Esquina del águila”.

Llamaba la atención que caballero tan distinguido y bien relacionado, prefiriera vivir en aquel apartado rincón pudiendo tener casa solariega en el centro de la villa, preferencia que don Ramón explicaba por su inclinación al cultivo de su huerta, aunque las viejas chismosas y desocupadas cuchicheaban de relaciones ilícitas con gentes extrañas, y cierta beata aseguraba, santiguándose, que una madrugada en que iba a misa del alba, topó con un embozado que venía de las tortuosas callejuelas del rumbo del “águila” y al que vio, recatándose, que se embarcó en una chalupa que seguramente lo esperaba en la playa, porque inmediatamente se alejó mar afuera al rápido bogar de sus seis remeros.

Tenía don Ramón una hija hermosa criolla de ojos rasgados y talle cimbrador, a quien se veía en raras ocasiones, y que tenía sobre la casi totalidad de las jóvenes de la villa el mérito de tocar el clavicordio, maravillosamente, según el decir paterno, aunque según la opinión del maestro de capilla, única autoridad local en achaques musicales, atentaba desesperadamente contra todos los compositores de la época. El caballero del Águila explicaba a veces su alejamiento de las fiestas sociales, por el cuidado de aquel pedazo de su vida a quien deseaba alejar de los requiebros y tentaciones de mozalbetes atrevidos y oficiales almibarados; pero otra vez, el chismorreo de las comadres torcía la explicación, y decía al oído de todo el mundo historias poco edificantes de visitantes nocturnos de la “Esquina del águila” y de extraños compromisos con enemigos del orden y de la sociedad. Y también se hablaba con escándalo de licores finísimos que se bebían en las comentadas fiestas que el señor del Águila se veía obligado a dar a sus amistades, cuyos licores no procedían de ninguna de las bodegas establecidas en el puerto, y de vestidos lujosísimos de la Niña del Águila, confeccionados con telas que no habían pasado las tiendas de Campeche y de zapatitos de exquisita factura que denunciaban su procedencia inglesa.

No todos los piratas eran simples salteadores y asesinos; muchos de ellos traficaban en mercancías varias y hacían el comercio ilícito llamado “contrabando”. Las habilidades de las gentes suponían a don Ramón en convivencia con esta clase de negociantes; y alguna vieja hablantina que llevaba tantos años sobre su cuerpo como pescados sobre su espíritu, hasta se atrevía a asegurar que entre los fragores de la matanza del 63 había visto una cara juvenil que se parecía a don Ramón como si fueran gemelos.

Sin embargo no había pruebas de ninguna especie contra el honorable caballero: sus papeles desde su arribo habían estado siempre en regla; asistía a misa todos los domingos y jueves; daba con generosidad para obras piadosas y de beneficencia; no se le conocía vicio ni amorío censurable; los pobres de su barrio siempre tuvieron la olla de su cocina a su disposición; los chicos de la doctrina encontraron en él al mejor protector de la parroquia, y los labriegos urgidos por la cosecha o los pescadores carentes de rentas, siempre hallaron en sus arcas el préstamo oportuno a plazo liberal y sin gabela.

Por otra parte, el Caballero del Águila no desdeñaba el trato con la gente de trabajo: todas las madrugadas tomaba café y tostadas con los arrieros que salían de la plazuela de San Francisco para los pueblos y haciendas del interior, y departía con los labradores y jornaleros que allí se juntaban para dirigirse a sus milpas y conucos.

Remediaba las necesidades populares que llegaban a su conocimiento, daba consejos prudentes sobre siembras y cosechas, y dirimía pleitos por mecate de más o menos de tumba o vara de más o menos de solar que entre los vecinos se suscitaban. Por eso a nadie extrañó que en los preparativos electorales de aquel año, surgiera la candidatura de don Ramón para Regidor, apoyada por los barrios de Guadalupe y San Francisco y con la anuencia del mismo capitán. Más tal candidatura no agradó lo mismo a cierto personaje que al mismo puesto aspiraba y al que alegaba tener pleno derecho por sus servicios en las Reales Milicias y por la condecoración honrosa que de manos del Teniente del Rey recibiera. La política, siempre alerta y nunca limpia, movió sus secretos resortes; la acusación secreta tomó cuerpo entre los notables de la población; y el mismo Santo Oficio decidió conocer del terrible requerimiento de justicia.

Una noche, los conjurados y los jueces tomaron sus posiciones en las tortuosas calles que rodean la quinta del Águila y en la playa de San Francisco. La vieja acusadora era guía del grupo, y santiguándose a cada paso, mascullaba “padres nuestros” mezclados con siniestras imprecaciones. Hasta el alba estuvieron en acecho y jamás pudieron comprobar nada; pero un anciano, vecino de la quinta aseguró que el continuo ladrido de los perros indicaba la presencia de visitas en la casa, y un marinero ebrio, llegó hasta la Guardia de la Casa Real de Guadalupe, gritando que en la playa había visto piratas… No había prueba plena contra el presunto Regidor; más los conjurados se conformaron con los “indicios graves” que en su juicio formaba “criterio bastante”, y don Ramón fue notificado de prescindir de su intento, so pena de sufrir proceso inquisitorial. Nadie pudo saber nunca por qué el Caballero del Águila se conformó con aquella amonestación. Hubo quienes alegaron su limpia conciencia y su ningún deseo de pelear en política, y otros, menos benévolos, atribuyeron su conformidad a confesión implícita. Lo cierto es, que la Quinta del Águila cerró desde ese día sus puertas y ventanas para todo el mundo. Su despensa jamás volvió a surtir fiestas. Sus dueños no volvieron a salir de su recinto. Las arcas del Caballero del Águila no volvieron a refaccionar a labriegos y pescadores. Y añadían las malas lenguas, que desde entonces no volvieron a verse embozados por las tortuosas calles del barrio, no se volvió a oír ruidos sospechosos de remos en la playa. Hasta se decía que las puertas y ventanas habían sido tapiadas por dentro, porque de vez en cuando se oía como muy lejanamente a la niña de los ojos rasgados y el talle cimbrador, que tocaba el clavicordio con el encanto que su progenitor le atribuía, o estropeaba la música, como opinaba el maestro de capilla.

Y así pasó muchos años en su encierro el honorable caballero don Ramón González de la Peña de Calvo; hasta que un día, en medio de la estupefacción del vecindario se abrió el portalón de la quinta y conduciendo un féretro por cuatro criados fieles fue llevado al Templo de San Francisco.

Pedro F. Rivas
Campeche a través de sus Leyendas

Networking