La calle de las limonarias

Allá por los ochenta del siglo pasado, la plaza principal de Campeche, “el jardín como le llamaban algunos, o “la plaza de armas” como le llamaban los más, era un recinto cerrado que dejaba entre la artística reja que la circuía y las casas vecinas, una calle suficientemente amplia para la circulación de carruajes y peatones.

Tenía la plaza “el jardín” propiamente dicho, tres calles o “vueltas” como se les llamaban: la chica, que corría alrededor de la glorieta central, en que había una artística fuente; la segunda, mediana en extensión, que estaba limitada hacia adentro por unos arriates siempre llenos de rosas, claveles, y otras plantas floridas de poca altura, y hacia fuera por los macizos de plantas de la siguiente; y ésta, llamada “la última vuelta” y que era la más grande, tenía como límite interior los macizos aludidos, quedando hacia fuera la hermosa verja de hierro fundido que terminaba en las esquinas y en las partes medias de las calles, en unas puertas preciosas del mismo material sostenidas por artísticas pilastras de mampostería.

No sólo se diferenciaban las calles o vueltas de la plaza de armas por los caracteres antes mencionados, sino que la gente de aquel entonces, que todo lo ordenaba y clasificaba, les había dado destinos distintos. La “vuelta chica”, era la preferida por los hombres que caminaban despacio, por los niños que correteaban por ella al salir de la glorieta central, y por las señoras que por su estado de salud necesitaban de un ejercicio moderado. La segunda vuelta, clara, mediana en extensión, y perfumada por las flores que de uno y otro lado la limitaban, era el sitio de reunión de la gente joven que concurría todas las noches de retreta, que eran dos en la semana, y que paseaban por ella formando dos corrientes, las señoritas hacia fuera y los hombres hacia adentro, sin que jamás se rompieran esta admirable disciplina, que no tenía más origen ni más sanción que el acuerdo mutuo. Y la última vuelta, la mayor y quizá la más bella, era para el pueblo en los días de retreta, y para las gentes que salían a caminar en los días en que no había música.

Esta última vuelta es la que yo llamo la calle de las limonarias y los lirios, porque los macizos de vegetación que la separaban de la segunda vuelta estaban formados exclusivamente de limonarias y lirios que en apretadas filas confundían sus hojas y ramas siempre verdes, y en armoniosa mezcla de aromas saturaban el ambiente con el delicioso perfume de sus flores. Los lirios eran de esa clase de lirios de estatura gigante, que florece en copas también gigantes; y las limonarias brindaban, con el aroma de las flores de que casi siempre estaban cubiertas, los arullos de las parejas de tórtolas que hacían su nido en el espeso follaje, y que se asustaban al paso de transeúntes bulliciosos.

Todo era encanto en aquella “última vuelta” que, para completar su belleza, estaba decorado con bancos de azulejos de factura hispanoárabe y que estaba discretamente alumbrada por las luces de los faroles de petróleo del alumbrado público. Los tertulianos de los bancos de azulejos eran casi siempre gentes sesudas que discutían en voz baja sucesos políticos y cuestiones científicas; y en más de una ocasión se vio sentado en esos bancos de estilo árabe, solitario y meditativo, a algún artista que iba a buscar en aquél ambiente misterioso y perfumado el contacto con el Olimpo. También fue en ocasiones la “última vuelta”, lugar de cita para los enamorados, que aprovecharon sus claroscuros y sus aromas para decirse, en ese idioma universal que eleva el espíritu y fortalece el ánimo, lo que todos dicen y que en cada caso particular sólo dos comprenden. Más, entre todas las encantadoras parejas que en esa divina calle de las limonarias y de los lirios se veían, hubo una que todos aplaudían, que nadie censuraba, y que explicaba y enaltecía el dulce culto al amor, en lo que de más tierno, más alto, más sublime tiene este delicado sentimiento.

Ella, era una fina descendiente de familia linajuda. Corta de estatura, proporcionada en formas, tenía unas manos y unos pies que hubieran causado envidia a las marquesas del tiempo de los Luises. Cuidaba la dama de sus vestidos y de sus afeites con nimia pulcritud, y atendía la tersura de su piel con cuidado tales, que era fama que, cual la hermosa matrona romana, se daba periódicos baños de leche, y no salía nunca de día, para evitar los estragos que los rayos irrespetuosos del sol suelen hacer en los cutis que se respetan a sí mismos.

El, era un hombre gallardo, de cuerpo fuerte, y de ojos azules, de mirada penetrante o bondadosa, según estuviera el ánimo de su poseedor. Por herencia y por propia inclinación, estuvo siempre en contacto con los negocios políticos de la época, y figuró, como sus ilustres antepasados, en la cosa pública y siempre y siempre en los puestos de mayor brillo. Militar habilísimo y político sumamente sagaz, tenía en aquél entonces las riendas de los asuntos públicos en Campeche, y casi puede decirse que en toda la península, por lo que su paso por calles y paseos constituía un desfile triunfal de amigos sinceros, los menos, y de aduladores los más.

Ambos se conocieron, trataron y amaron desde la juventud, quizá desde la niñez; y sin que nadie se explicara la causa, pues que no había impedimentos ni oposiciones, nunca intentaron llevar ese sentimiento purísimo al altar conservando hasta los límites de la ancianidad el mismo afecto mutuo, la misma estimación correspondida y el propio anhelo de amar y sentirse amado que tuvieron en sus años mozos. No sé por qué motivo llaman a este amor “platónico”; pero yo le llamaría más bien amor puro, firme inequívoca, trascendental.

Visitaba el alto jefe a la encantadora dama en la casa que ésta vivía en la sola compañía de su servidumbre; pero estas visitas que, por singular delicadeza, eran cortas y la vista del público, puesto que se celebraban en el salón frontero a la calle con grandes ventanas que se abrían entonces de par en par, solo se efectuaban cuando el personaje iba o venía de alguno de sus muchos viajes. Y las entrevistas, cotidianas, los coloquios dulcísimos de todos los días se verificaban en la “última vuelta de la plaza”, menos en los días de retreta, pues ambos enamorados, conscientes de su posición y de sus circunstancias, esquivaban de propósito las miradas y comentarios, posiblemente burlescos de la multitud de paseantes que en aquellas noches llenaban la plaza. La entrevista se verificaban siempre a hora fija; al dar las ocho el reloj municipal, entraba la dama por una de las puertas del jardín, sola y caminando con naturalidad y paso menudo y pausado; y en ese mismo instante, con puntualidad jamás perdida, por otra puerta y en sentido opuesto, entraba el galán caballero rodeado de su gran corte de amigos y aduladores. Breve era la distancia que tenían que recorrer; y cuando la dama quedaba a la vista, el enjambre de acompañantes, movido por invisible resorte u obedeciendo a consigna estricta, se separaba del jefe que solo, continuaba su marcha hasta quedar junto a la dueña de su amor.

En un banco arábigo cubierto de azulejos tomaba asiento la feliz pareja, y la corta entrevista rara vez pasaba de la media noche. ¿Qué se dirían aquellos dos amantes casi ancianos? La sensatez del caballero y la discreción de la dama hacen suponer que tratarían de asuntos triviales, que las frases intensamente pasionales habían cedido el puesto en aquellos dos enamorados a las tranquilas confidencias que suelen tener entre si los amigos íntimos; pero la “última vuelta” de la plaza de armas, “la calle de las limonarias y los lirios”, parecía que en aquellos momentos cobraba vida más intensa; de los verdes follajes descendía frescura bienhechora, de las flores emanaban perfumes enervantes, de los nidos colgados de las ramas salían arrullos de las tórtolas inseparables, y todo aquel escenario de sin igual encanto parecía que entonaba un himno santo y solemne al amor puro y firme, al amor inmortal.

Pedro F. Rivas
Campeche a través de sus Leyendas

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